2.9.20
ÁGORA

MÁXIMO KIRCHNER: SER O NO SER

La condición de posibilidad del kirchnerismo es, por supuesto, un Kirchner con votos. Con muchos votos. Si Cristina ya no va a encabezar las boletas, entonces el sistema del que el Kirchnerismo fue/es el epicentro, tenderá a reconfigurarse. Salvo, por supuesto, que otro Kirchner pueda conducir a través de la irrefutable ley que ordena la política universal democrática: MANDA QUIEN TIENE MÁS VOTOS.

Foto: Gonzalo Santos / 2.9.20
Por
21 de octubre de 2026

El kirchnerismo, en tanto modalidad histórica del Justicialismo, se erigió hegemónico porque tanto Néstor como Cristina demostraron en los últimos 20 años (entre otros atributos ligados a la conducción política) ser más potentes electoralmente que el resto de sus compañeros/as. Le pusieron la carita, el cuerpo y el apellido a cada proceso electoral, que son las instancias que sintetizan en términos político-conceptual y proyectan en el tiempo los sistemas de construcción y acumulación política.

No existe conducción sin el poder que otorga la legitimidad social. Y eso se consigue en elecciones abiertas.

Ante la certeza de la imposibilidad electoral de Cristina, el sistema comienza a ordenarse en torno a coordenadas que presentan, al menos, matices con respecto a las que funcionaron como norma en las últimas dos décadas: si ahora la interna parece inevitable, es porque el apellido Kirchner, de cierta forma, no será la locomotora del proceso.

Y si bien en esta elección todavía parece imponerse el ethos kirchnerista modo electoral (ese poder retrospectivo del índice de CFK y la capacidad centrífuga de ordenar en torno a ella lo que queda del peronismo), nada será igual para sin un Kirchner encabezando y garantizando lo que el sistema exige implícitamente.

Por eso la responsabilidad histórica recae sobre Máximo Carlos Kirchner.

Hijo de dos presidentes; conductor de una organización política consistente en torno a la cual orbita una buena parte del partido Justicialista bonaerense; integrante de la mesa chica que precede a la solitaria toma de decisiones de Cristina, Máximo está frente a una encrucijada: ser o no ser. Esa es (la máxima) cuestión.

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¿Ser o no se qué cosa? Ser un Kirchner absoluto, como Néstor y como Cristina.

Claramente Máximo demostró no ser la caricatura que intentaton construir sus enemigos, a través de la puesta en escena de una serie de atributos fácilmente verificables: liderazgo hacia el interior de su organización; capacidad de diálogo institucional en el ámbito parlamentario (según reconocieron conspicuos dirigentes políticos antikirchneristas); fuerza de movilización propia; poder de articulación y negociación con peronistas territoriales. Y una visión de país y del mundo dotada de un innegable racional político que tiene aceptación en una porción significativa de la sociedad (aunque en retroceso continuo en la última década).

Pero eso no alcanza para desempeñar el rol que sus progenitores, por diferentes y evidentes motivos, ya no pueden ejercer. Y sin un Kirchner absoluto, no habrá Kirchnerismo tal como lo conocemos hoy.

Máximo construyó su perfil y acumuló poder para decidir lineamientos tácticos (y presumiblemente también para incidir en lo estratégico) desde lugares marginales en términos de lógica electoral. Básicamente, porque el equilibrio del sistema era garantizado por la dimensión dominante de Cristina.

Pero en este turno electoral, el primero sin la posibilidad jurídica de incluir a Cristina en la boleta, Máximo debería demostrar de qué esta hecho. Ya no se trata de generar condiciones para que otros de su escudería tomen la responsabilidad de las candidaturas trascendentes.

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Ahora se trata de encabezar el tramo decisisvo de una boleta para aportarle algo nuevo a la conducción (que el propio Máximo sigue ubicando en su madre), en lugar de seguir consumiendo una legitimidad sedimentada hace tiempo pero que languidece hace ya demasiados años. El tiempo histórico y las condiciones que está pariendo no admiten una conducción que no sea integral. Con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes.

Ese espacio no puede ser ocupado por otro que no sea Máximo Kirchner. ¿Cómo se justificaría un arrugue cuando, por otro lado, otro camporista como Wado de Pedro se muestró dispuesto a ponerle el pecho a una derrota casi segura en las presidenciales 2023?

El equilibrio de poder hacia el interior de la propia organización también está en juego.

Hace un par de años, cuando la expresidenta dijo que espera que "los hijos de la generación diezmada tomen la posta", el sistema apuntó a de Pedro. Por su historia y por una obviedad etaria, ese molde no le quedó extraño. Y en lo que parecía ser una autoreferencia, Cristina también exhortó que "no se le pida a otro lo que uno no está dispuesto a hacer". ¿Y si ambas reflexiones tenían a Máximo en el epicentro del razonamiento?

Asumir una candidatura relevante, incluso al margen del resultado, ubicaría a Máximo en otra dimensión. Más cerca del Kirchner total que fue Néstor. Y definitivamente alejado de esa versión de caricaturesca con la que lo etiquetaron. La continuidad del Kirchnerismo como decisor del panperonismo depende en gran medida de esa decisión.

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